No quiero ir al monte

Aita, no quiero ir al monte. Ama, no quiero ir al monte. Monitor, no quiero ir al monte. Amigo de la cuadrilla, efectivamente, no quiero ir al monte. ¿Para qué nos vamos a cansar subiendo a un sitio del que luego tenemos que bajar? ¿Para qué llegamos a la cima si vamos a estar solo 10 minutos allí? ¿Por qué tenemos que subir cuestas pudiendo dar un paseo por un terreno llano? ¿POR QUE TENEMOS QUE IR AL MONTE?

Lamentablemente, estas actitudes y preguntas son cada vez más frecuentes en nuestra sociedad. Una sociedad que se guía por la ley del mínimo esfuerzo para intentar conseguir el máximo beneficio, y en este caso no iba a ser menos. Todas las cuestiones que he citado anteriormente se pueden escuchar cada domingo en el seno de muchas familias, grupos de amigos o grupos de tiempo libre, y no pensemos que desaparecerán con el tiempo, más bien al contrario; si seguimos por el mismo camino se harán más habituales.

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Vista del Castro Valnera desde El Bernacho

Pues ellos se lo pierden. No se dan cuenta de que subir al monte es una de las actividades deportivas más enriquecedoras que se pueden realizar, ya que no aporta más que beneficios para aquel que la lleva a cabo. Por un lado, te permite desconectar del “stress” de toda la semana o de los ruidos y prisas de la ciudad, cosa que en los tiempos que corren no es moco de pavo. En un mundo totalmente industrializado es impagable el hecho de poder escaparte un rato cada semana a disfrutar del aire puro y de los sonidos de la naturaleza.

Del mismo modo, ir de excursión a la montaña está considerado (y con razón) como deporte, un deporte que pese a no ser una actividad de equipo resalta en todo momento valores como el compañerismo, la ayuda, la solidaridad, la empatía… Un simple “¿Te quito peso de la mochila?” o una mano amiga que te ayude a subir una empinada cuesta es algo de valor incalculable, que, sin embargo, tendemos habitualmente a no valorar.

Y por último, pero no por ello menos importante, nos encontramos con las vistas que podemos presenciar al llegar a la cima. Esa sensación de paz, de tranquilidad, de sosiego que percibimos al observar la inmensidad a nuestros pies es algo que gran parte de la sociedad nunca llegará a vivir. Pero, como he dicho antes, ellos se lo pierden. Mientras nosotros disfrutamos de la naturaleza ellos se seguirán ahogando en sus (malos) humos del día a día. Lo siento, haber ido al monte.

Jon Martinez

Monitor y mendizale

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